LA SEÑAL (2a PARTE)
Caminaba el verano las primeras semanas de Julio plenas de
calor y humedad. El cielo estrellado como nunca, en noche de luna nueva, incitaba a salir a la explanada situada frente
al observatorio y contemplar la bóveda celeste.
La calma y la paz de la noche se rompieron en mil pedazos
cuando de repente sonaron todas las alarmas. Los ordenadores y los receptores
de ondas anunciaban algo inusual. Los nervios disparados y las prisas por saber
se adueñaron de la sala de control.
En las pantallas se dibujaba una intensa luz y un eco de
radio sobre sus cabezas ¿Qué hacer en estos momentos? ¿Avisar a las fuerzas
aéreas, al gobierno, de qué se le podía avisar y para qué?
A toda velocidad y con los ordenadores trabajando al límite
calcularon la trayectoria de una posible caída. Con estupor y espanto vieron
que los números decían que caería muy próximo a la estación.
Así pues se prepararon para llegar cuanto antes al lugar del
posible impacto. Cargaron sus vehículos del instrumental necesario y con sus
localizadores se encaminaron hacia dicho punto.
Su sorpresa fue en aumento al comprobar que aquella luz era
ya visible en el cielo. Una nube luminosa de color azulado descendió suavemente
y se paró frente a ellos, como esperándolos.
La luz se puso en marcha iluminando el sinuoso camino delante
de los vehículos que marchaban a toda velocidad entre polvo, curvas y
revueltas, conduciéndolos hasta una aldea entre rocas.
La luz se detuvo sobre la aldea e iluminaba todo a su
alrededor como si fuera de día, dejando ver una cueva que parecía estar
encendida. De repente se hizo el silencio y todo quedó como suspendido en el
tiempo.
La extraña luz se posó suavemente en la tierra a la entrada de la cueva y apagó su brillo. Una
vez llegados a la cueva los científicos se pusieron sus trajes antiradiación y con
focos y linternas avanzaron hacia el interior.
Intrigados por la luminosidad
los científicos avanzaron llenos de temor y curiosidad. Una vez dentro, un
resplandor que lo iluminaba todo alumbraba
una escena infinita.
Recostada en el suelo, entre mantas, una mujer joven, casi
niña, acababa de dar a luz a su hijo. A su lado la partera limpiaba la frente de la madre y cubría al recién
nacido con pañales inmaculados. De pie, un joven padre contemplaba la escena, lleno de alegría,
mientras un alboroto llegaba desde la entrada.
En el dintel del rellano unos seres con extraños trajes acababan de entrar y miraban
sorprendidos. La madre sostenía entre sus brazos al recién nacido mientras la
cueva se llenaba de luz.

Imagen bajada de la red
https://youtu.be/hD4KMp22jBg